• Fernando Mosquera

Una esperanza desde el confinamiento: Pablo.

El camino de Galilea hacia Jerusalén, que Lucas describe como el viaje decisivo de Jesús hacia su exaltación en la cruz, marcó para la historia de la salvación el acontecimiento transcendental, único y culminante que forjó para nosotros el destino y el sentido de nuestras vidas. De la misma manera el camino de Jerusalén a Roma, que Lucas transcribe en Los Hechos de los Apóstoles, significó la prolongación de la obra salvífica de la muerte y resurrección de Jesús y la extensión del reino que Jesús fundó. En el camino triunfal de la Pascua, descubrimos la figura singular, humilde, y grandiosa de quien se llamó el último de los apóstoles: Pablo de Tarso.


La figura de Pablo fundamenta los inicios de la cristiandad. La primera expansión del cristianismo providencialmente fue encargada a este hombre.


Los caminos de la historia muchas veces están supeditados a los pasos de unos hombres que son verdaderamente los forjadores del destino de la humanidad; uno de ellos es Saul (Shaul), el hijo de una familia judía de la diáspora, residente en Tarso.(*)


(*)En aquellos tiempos los judíos de la diáspora formaban una comunidad de tres millones frente a dos millones de judíos ocupantes de las ciudades y pueblos de Palestina.


Saulo fue enviado a estudiar a Jerusalén donde tuvo como maestro a Gamaliel. Allí se formó en la ciencia de la Ley y en el espíritu intransigente del fariseísmo, un movimiento basicamente laico que pretendía crear en el seno del judaísmo una comunidad de hombres puros, capaces de implantar en aquel ambiente bastante laxo un radicalismo religioso y civil muy estricto, que profesaba la concepción unitaria del hombre en contra de cualquier innovación importada del extranjero. Con estas ideas cabalgaba Saulo camino de Damasco. El camino fue para Saulo el lugar de encuentro con la presencia de la verdad por la que luchaba:


"Yo soy Jesús, a quien tu persigues" (Hch, 9,5)


A partir de aquel momento un mundo se derrumbó para Pablo y otro mundo empezó a levantarse. Pronto se sintió profundamente enamorado de Cristo.Hizo de Jesús una obsesión (Flp, 3,12). Esta obsesión por Jesús está unida a la pasión por anunciarlo. Sus viajes por todo el mundo conocido obedecen a esta vivencia interior que se convierte en apasionada respuesta a una llamada para una sagrada misión.


Recorriendo las páginas de los Hechos de los apóstoles y las Cartas de San Pablo es imposible no apasionarse por el descubrimiento del perfil humano y a la vez teológico de este apóstol.


Pablo, para conquistar aquella universalidad que le toco vivir, tuvo que someterse a la prueba y el sufrimiento. En el afán de propagar el Evangelio no se acobardaba ante la necesidad de vivir en su misma carne la condición kenótica (**) de su Maestro cuya vida intenta explicar e interpelar ante todos los pueblos. Y ciertamente, el espíritu del Resucitado quiso valerse de él para que constase la verdadera hermenáutica del Evangelio en el mundo.


(**)kénosis (del griego κένωσις: «vaciamiento»)1​ es el vaciamiento de la propia voluntad para llegar a ser completamente receptivo a la voluntad de Dios.


Hasta su postrera prisión en Roma, cuando su cuerpo no puede viajar, su espíritu cabalga en el recuerdo y el desvelo por las comunidades que fundó. Desde aquella mazmorra escribe a su amado Timoteo: "Tú, pues, hijo mío, mantente fuerte en la gracia de Cristo Jesús...por Él estoy sufriendo hasta llevar cadenas como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada" (2 Tm, 2,1,9). No lo está ni estuvo nunca encadenada desde que en el camino de Damasco se cruzó con Jesús:


"Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le envolvió una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿porqué me persigues?. Él le preguntó: ¿quién eres, señor? Y Él le respondió: Yo soy Jesús a quien tú persigues" (Hch 9 , 3,6).
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