• Fernando Mosquera

Reflexión sobre la disponibilidad, las diferencias y el perdón .

La disponibilidad hacia el otro.


En cada encuentro que tenemos con una persona, sea cual sea su duración, siempre debemos de trasmitir la sensación de estar disponibles en ese momento al cien por cien, y de no tener ninguna preocupación ni otra cosa que hacer que estar y vivir con ella lo que haya que vivir en ese instante, todo el tiempo que haga falta. Y no es una simple cuestión de cortesía, sino una verdadera disponibilidad del corazón.


En este sentido, tenemos que estar disponibles para los otros con compasión y ternura con el fin de salvaguardar la calidad de nuestras relaciones, porque cuando un corazón está habitado por la inquietud, la preocupación, la nostalgia o el rencor, ciertamente, no se encuentra disponible para nadie y es incapaz de hacer de cada encuentro un momento de verdadera comunión del que el corazón salga contento.



Las diferencias y el perdón.


Cuando surgen problemas entre dos personas, es frecuente que ambas se apresuren a hacer valoraciones morales, la una de la otra, cuando en realidad lo que hay de fondo no son sino malentendidos o dificultades de comunicación. Debido a nuestras distintas formas de expresarnos y a nuestros filtros psicológicos, a veces percibimos erróneamente las auténticas intenciones o motivaciones de los demás.


Es cierto que todos tenemos caracteres bien diferenciados, maneras de ver las cosas opuestas, y sensibilidades diferentes. Este es un hecho que hay que reconocer con realismo y con sentido del humor. A algunos les encanta el orden y el menor síntoma de desorden crea en ellos inseguridad. Hay otros que en un contexto excesivamente cuadriculado y ordenado se asfixian enseguida. Los que aman el orden se sienten personalmente agredidos por quienes van dejándolo todo en cualquier sitio, mientras que la persona de temperamento contrario u orgulloso le agobia quien exige (o parece que exige), siempre y en todo, un orden perfecto o superior al que hay. Y enseguida echamos mano de consideraciones morales, cuando no se trata más que de diferencias de carácter. Todos padecemos una fuerte tendencia a alabar lo que nos gusta y conviene a nuestro temperamento, y a criticar lo que no nos agrada. Si no ponemos remedio a estos problemas, corremos el riesgo de convertir la vida en un permanente campo de batalla entre los defensores del orden y los de la libertad, entre los partidarios de la puntualidad y los de la flexibilidad, los amantes de la calma y los del tumulto, los madrugadores y los trasnochadores, los locuaces o retóricos y los taciturnos etc. Ciertamente, los ejemplos serían interminables.


De ahí la necesidad de educarnos para aceptar a los demás como son, para comprender que su sensibilidad y valores que los sustentan no son idénticos a los nuestros; para ensanchar y domar nuestro corazón y nuestros pensamientos en consideración hacia ellos.


Una tarea complicada que nos obliga a relativizar nuestra inteligencia, a hacernos pequeños y humildes; a saber renunciar a ese orgullo que tan a menudo nos impide sintonizar con el otro; y ésta renuncia, que a veces significa "morir" a nosotros, cuesta terriblemente.


Pero ciertamente, no tenemos nada que perder. Es una suerte que nos contraríe la manera de ver las cosas de los demás, pues así tendremos ocasión de salir de nuestra estrechez de miras para abrirnos a otras cualidades. Hace ya unos cuentos años de mi conversión, y he de reconocer que, a fin de cuentas, he acabado recibiendo más de aquellos con quienes no me entendía que de aquellos a los que me unía cierta afinidad. De haberme limitado a frecuentar personas de mi misma sensibilidad, esos otros valores distintos a los míos nunca me habrían abierto los nuevos horizontes que he llegado a descubrir.


Dicho esto, no hay duda de que existen casos en que el sufrimiento que otros provocan en nosotros es debido a una auténtica falta por su parte. La actitud que se nos pide-hablo por experiencia propia- no es solamente la de la flexibilidad y compresión hacia las diferencias a las que acabo de referirme; sino es otra más exigente y más difícil: la del perdón.


Cuando la Iglesia anuncia el perdón y el amor a los enemigos, es consciente de introducir en el patrimonio espiritual de toda la humanidad una nueva forma de relacionarse con los demás; una forma ciertamente trabajosa , pero rica en esperanza. Porque "la caridad-amor- no tiene en cuenta el mal" (1ª Corintios 13,5). En estas palabras de la primera carta de los Corintios, el apóstol San Pablo recuerda que el perdón es una de las formas más nobles del ejercicio de la caridad y ésta se traduce en una continua esperanza.



"Si no entendemos la importancia del perdón y no la integramos en nuestra convivencia con los demás, siempre permaneceremos prisioneros de nuestros rencores".

Cuando nos negamos a perdonar a los demás, nos volvemos esclavos sin libertad, ya que no hacemos más que añadir mal sobre mal, sin resolver absolutamente nada. No tenemos que ser cómplices en la propaganda del mal. Al contrario, " no te dejes vencer por el mal; antes bien, vence el mal con el bien".


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